Biografía de Ramón Portillo

En cualquier tiempo histórico se ha podido apreciar que unos pocos nombres y unas obras determinadas pasaban a representar, a encarnar, el espíritu de esa época. Este hecho, en sí, supone en muchos casos, una simplificación a veces dolorosa de lo que había sido la verdadera realidad de ese periodo, sobre todo cuando se comprueba que, en ocasiones, ese puñado de nombres y su conjunto de obras, comparados con otros muchos de los que se silencian o se postergan, resultan un verdadero fiasco. Quiero decir que con frecuencia, por razones ajenas al arte o a los valores de la obra de arte, se aupan unos pocos que se arrogan en exclusiva la representatividad, mientras que otros muchos se limitan a ir construyendo su legado al margen del aplauso general, de los reconocimientos clamorosos y de los grandes titulares. Y así quedan, como en un plano más distante, gran número de francotiradores que son fieles a unos principios no contaminados por las exigencias de las modas o por las veleidades de tantos marchantes.

 

El caso de Ramón Portillo (Sevilla, 1929) es revelador a este aspecto. Su vida, desde muy temprano, ha estado consagrada al ejercicio del arte y a esa disciplina se ha entregado sin abdicaciones a lo largo de varias décadas. Sus fundamentos se han asentado en razones que le impedían traicionar las líneas heredadas de una tradición clásica: la de los modos y maneras, formas y sentidos de la escuela española de los siglos de oro. No es de extrañar esta fidelidad y este homenaje en quien vivió y alimentó su pupila y su corazón en la contemplación de tantas muestras en iglesias, museos o palacios de su patria natal. Y un punto más: no es de extrañar que nos haya ofrecido con su quehacer la particular visión que imprime esta escuela, pero desde la interpretación del presente que le ha tocado en suerte.

La herencia, pues, existe irrevocablemente y desde el hoy el pintor dialoga con el pasado en un ejercicio vivificador que nunca nos defrauda. Su compromiso le lleva a la asunción de un lenguaje, a la demostración de un dominio técnico y a la lectura personal de cuanto vive, que se practica con aquellos recursos. Nunca fue rémora estar dotado de una sólida formación si se la veía alimentada con la chispa del genio. Y eso mismo nos enseña el devenir de la obra de Ramón Portillo, que buscó las esencias de su estilo en el rico venero del pasado para depararnos un presente más intenso, puesto que se ha nutrido de verdades antiguas. No en vano realizó su aprendizaje el pintor en aquella Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, que con tanta nostalgia he oído evocar a muchos artistas le ley. Sin embargo, mucho tiempo antes, cuando apenas contaba trece años de edad, ya le fue aceptado un primer cuadro en el Salón de Otoño de los pintores sevillanos. Esto da buena muestra de su precocidad, de su vocación decantada muy pronto; y lo que entonces fue anuncio es hoy, afortunadamente, gozosa realidad.

Por eso afirmaba más arriba que en Ramón Portillo compruebo el ejemplo de estos artistas que, desinteresadamente, crean y construyen un mundo al margen de las pasarelas y son ejemplo, digo, de cuantos a pesar de los inconvenientes, mantienen encendido el fuego de la creación y del arte. Una larga cadena de ellos ha venido ofreciéndonos su verdad a lo largo de los tiempos, pese a la incomprensión o el olvido de quienes somos sus destinatarios. Las mejores invenciones son patrimonio suyo y en esa entrega, que ha marcado sus vidas, alienta el verdadero misterio del arte.

Todos los comentaristas y críticos que se ocuparon de reseñar las exposiciones de Ramón Portillo han destacado esta fidelidad a unos principios de armonía y dicción clásicas, lo que se evidenciaba en la disposición del pintor, que nunca se ha mostrado especialmente estridente en la elección de sus temas. En efecto, cualquier objeto cotidiano, algún modelo, algún paisaje eran válidos para cumplir su necesidad de plasmarlos en el lienzo. Pintar era el lema., y hacerlo con exigencia, con dignidad, con técnica, con sabiduría. Es por ello por lo que en su obra abundan los bodegones, los retratos, los desnudos, las marinas, los paisajes campestres o las escenas urbanas: elementos todos de una realidad circundante a la que nunca traiciona el artista. Si bien es cierto que en cada uno de esos bloques temáticos se aprecian muestras de renovación que, últimamente, escoran hacia motivos y composiciones menos ortodoxos. Pero su lenguaje sigue siendo ceñido, escueto, diáfano, y su compromiso esencial con el natural continúa plenamente vigente.

 

El bodegón o el milagro metafísico de los objetos

El bodegón ocupa un capítulo especialmente significativo en su trayectoria estética. La concepción del mismo se ampara en el contraste de luces y sombras. Por lo común desde unos fondos oscuros se adelantan varios objetos: cerámicas, telas, encajes, cestas, sartenes, cacerolas, frutas, verduras, ajos, panes, peces, etc., que se resuelven en ese milagro casi metafísico de ser y de estar, para inquietarnos. Son la destreza, la pincelada oportuna, el matiz, la valoración cromática, el barroquismo o la austeridad compositivas, el riguroso sentido de la geometría los elementos que dan vida propia a esos humildes modelos que se extraen del entorno. Podría afirmarse incluso que los objetos que nos acompañan en la vida o aquellos otros que la propia rutina del vivir va arrinconando, se transforman en pequeños universos autosuficientes, redimidos de su humildad gracias al rico cromatismo, al equilibrio de la luz, a la justeza del dibujo, a la atmósfera toda que los envuelve; virtudes, en suma, que nunca pasan desapercibidas para el buen contemplador.

Resulta innegable que estas pinturas de Ramón Portillo se inscriben en esa corriente que desde finales del siglo XVI y mayormente desde el XVII, fija todo un género que comenzaron a practicar pioneros como Juan Labrador o Blas de Prado y que desde Sánchez Cotán se conforma con ese sentido espiritual de luz y sombra violentamente enfrentadas. Esa búsqueda de trascendencia, ese valor mistérico, esa moralización, a veces, hace tan diferente el modelo español del de la Vanitas cultivado por los pintores flamencos. En esa corriente que será continuada por pintores andaluces y el la que se recuerdan ejemplos muy notables de Espinosa, Zurbarán, Cerezo, Murillo o Correa, veo instalados estos lienzos del pintor sevillano que, consecuente con sus orígenes, ha demostrado seguir a sus mayores –con lenguaje propio– hasta en la serie que se inscribe en el trompe l´oeil, con elementos que penden o que están clavados a paredes o tablas. Varios lienzos de tema cinegético corroboran este seguimiento y esta práctica en Portillo, sin contar con las variantes más modernas en otras composiciones con telas y camisas o teteras colgantes. Pero quizás las prendas más sobresalientes de este grupo de cuadros sean aquellas en las que se respira ese ascetismo a lo Sánchez Cotán. Varios ejemplos lo atestiguan de entre los muchos de la producción de Portillo; cito tan sólo dos que me parecen soberbios: el bodegón con ajos y, especialmente, el de la coliflor y el cuchillo.

En la serie de las naturalezas muertas se decantan, pues, dos direcciones principales. En un primer grupo las vasijas, el pan, el vino o la fruta nos siguen ofrendando el mismo aliento espiritual que sirvió de referente a nuestros antepasados. Esas escenas llevan consigo el mismo aire de los relatos de pícaros, esas viandas nos hacen evocar las que se describen en las primeras novelas de nuestra lengua. El pan, el vino son los mismos que nos recuerdan las Escrituras. Hay mucha tradición asumida en este conjunto que se distingue, precisamente, por ese tono arcaizante, en el que hasta en las frutas se aprecia el exotismo que tuvieron en aquel otro tiempo.

Pero tampoco ha sido ajeno el pintor a ese sentimiento de búsqueda que es inherente a cualquier artista y es por ello por lo que también podemos contemplar lienzos con bodegones más actuales y otras composiciones más atrevidas, en las que campea el presente desde las cabeceras de unos periódicos, desde el reclamo de un paquete de cigarrillos o de unas simples bobinas de hilo. Algunos hablan aquí de técnica hiperrealista o ultrarrealista; a mi parecer nunca se llega del todo a esos extremos. Siempre prevalecen rasgos cálidos que apartan estas muestras de esa obsesión por el matiz casi fotográfico que lleva consigo esta escuela, tan próxima, por otra parte, a los peligros de la frialdad y el amaneramiento.

La necesidad de pintar impulsa al autor a organizar composiciones con estos objetos que podía mantener a falta de otro vivos frente a su lienzo, pero sus preferencias, que él ha manifestado en alguna ocasión, apuntan justamente a la aventura de plasmar los cuerpos, las manos, las miradas humanas. Hay más vértigo, más atractivo, más emoción para el artista en el ser humano que en los objetos sin vida, por más que el saber hacer de muchos años le permita transmitir su hálito a estos últimos.

 

Retratros y desnudos: la presencia humana

Es la pintura un acto de conocimiento. El creador que pretende trasladar a sus lienzos a un ser humano no sólo quiere dejar en ellos sus rasgos capitales que capten el parecido, el rictus, la expresión habitual, sino que trata de llegar más allá y apresar con formas y colores o a través de la composición y el dibujo el alma de esos individuos. Muchos coleccionistas saben de esas dotes que para el retrato ha demostrado Ramón Portillo, desde sus primeras épocas. Conozco algunos autorretratos de ese tiempo realizados con una pincelada suelta y vibrante que tienen ese pálpito de las telas románticas y la maestría que exhibieron en este menester los autores de finales del siglo XIX.

Es más difícil el seguimiento de este apartado de su obra por la dispersión consiguiente de telas que figuran la mayoría en colecciones privadas. Junto a éstas hay una buena muestra de retratos realizados en el ámbito de la familia: a su propia esposa, la pintora Aurora Oliva, o a sus hijos Darío, Antonio, María Victoria, en distintas etapas de su infancia y adolescencia, que prueban sobradamente sus dotes para apresar ese temblor indefinible de las personalidades y maneras de ser. Algunos otros, como por ejemplo los de Don Antonio Carmona o el del ex-ministro Don Julio Rodríguez, han venido siendo igualmente muy celebrados por la crítica.

Por lo que hace a las técnicas empleadas, éstas has sido diversas, pero todas descansan en una sólida base dibujística y, por lo general, óleo y lienzo se imponen por su frecuencia sobre las tablas o el temple. Con un sentido amplio podría decirse que más que al retrato davidiano y lineal, los de Portillo –a mi modo de ver– se acercan al prototipo romántico que se interesa por la atmósfera que impregna a las figuras y que aísla a los modelos contraponiéndolos a fondos neutros o, a lo sumo, con insinuaciones de leves paisajes acordes al momento espiritual que se marca. En general su galería de personajes lleva el común denominador de un estilo enérgico y convincente, sensible al pliegue de la ropa y a los tonos de la piel o al destello vital de las miradas. Pero una vez más los rostros, las expresiones, las actitudes de las figuras representadas nunca nos dejan indiferentes. A pesar de que pudiéramos notar aquí o allá el humanísimo jadeo del artista en este plano o en aquel fondo, nunca, digo, hay voluntad de escatimar y la sensación de la totalidad jamás nos decepciona.

En otro orden de cosas sus desnudos forman suite aparte. Predominan las figuras femeninas, a veces de espaldas o con algún ritmo o inclinación que las hace evitar una frontalidad radical. En esta serie la característica dominante es sin lugar a dudas el lirismo. En efecto, se aprecia aquí, en estos cuerpos un punto estilizados, un tratamiento pictórico especialmente envolvente, que consigue de las calidades valoraciones casi musicales. Se trata de composiciones luminosas en las que no flota ninguna sombra de tragedia, si acaso de otros sentimientos como la nostalgia, la melancolía, el asombro… En ocasiones el cuerpo se exhibe junto a la ropa, que data así la composición, o frente al mar a la hora de un ocaso simbólico, lleno de atrevimiento, o frente al espejo que nos devuelve indefectiblemente sus honduras, sus profundidades, sus indefinibles y enigmáticas simetrías.

 

El paisaje y las escenas urbanas

Decía Ernst Fischer que “el arte es el medio indispensable para esta fusión del individuo con el todo”, por eso en el afán de pintar de Ramón Portillo no podía faltar la mirada al paisaje, el entrañamiento del mismo. En un proceso amplificador observamos que desde los objetos cotidianos o inertes se llega al ser humano, a los hombres, a sus rostros, o a la mujer y a su desnudo inquietante. Pero hay un entorno que nos condiciona y que también se ha de interpretar, un entorno que nos determina y que el lenguaje de las formas y, sobre todo, el del color pueden ayudarnos a descifrar.

El verdor chispeante de los árboles, los sienas y tierras de unas montañas, la cinta gris de la carretera olvidada son algunos motivos de sus paisajes. En esa serie de tablas o de lienzos asoma ahora un impresionismo expresivo que viene condicionado por las luces del momento. Hay que pintar rápido, sin vacilaciones, manchando aquí y allá, perfilando por este otro lado, para que la luz no transforme ese fragmento del mundo que se plasma en otro radicalmente distinto, y todo en un abrir y cerrar de ojos. Por eso nos encontramos con telas y muestras en las que los colores limpios y las pinceladas más libres nos devuelven los lugares que nos circundan, que son aquellos en los que nos vamos sintiendo cumplidos, sin que medie otra épica que la de estas breves emociones para combatir el desaliento. Hermosos paisajes éstos de Ramón Portillo, que escoge preferentemente enclaves del sur de Granada, acaso porque, sin que él mismo se percate, le son válidos para devolvernos ese otro paisaje interior de su sensibilidad, ese otro paisaje que deja más a las claras la inquietud de sus sentimientos.

También concebidos con una pincelada impresionista abundan los cuadros que recrean rincones urbanos. Una vez más es la ciudad en su diario desenvolverse la que llama la atención del artista. Los mercados en las calles, con su viveza variopinta y sus mujeres en movimiento. Conozco varias tablas con escenas de mercado que recuerdan el hacer de Fortuny por los zocos norteafricanos. Colores limpios, vivos, para las faldas y los toldos y otra vez la luz, una luz llena de transparencia, un haz de luz blanca y nítida que se derrama sobre quienes compran y venden o van de paso. Bellísimas escenas de época que no pueden negar su filiación sureña y mediterránea.

De igual modo las casas, las encrucijadas de las calles antiguas en su sinfonía de planos, de fachadas irregulares, de cuestas empinadas por las que se pierde algún transeúnte. Aquí las calidades se buscan con mimo sobre los fondos más empastados de las telas, de tal suerte que estos rincones nos sorprenden con sus sombras azuladas y las levísimas pinceladas oscuras que realzan los vanos. Pinturas, éstas sí, que dan noticia de un tiempo detenido en la añoranza de otras épocas; esquinas soleadas o en penumbra de pueblos mediterráneos que retienen celosos su leyenda escondida.

 

La cercanía del mar

Desde que la familia se instala en Motril hace ya casi tres décadas, comienzan a aparecer en el repertorio temático del creador los asuntos marinos. La proximidad del mar y el atractivo de éste para el artista sevillano han quedado reflejados en una considerable serie de marinas en las que el mar y los barcos rigen como motivos centrales.

Lo marino salpica a otros grupos de lienzos, como ocurre con los bodegones que contemplan distintas variedades de peces de la zona, y otras composiciones con caracolas o los propios desnudos enfrentados al mar, por ejemplo; pero me refiero ahora a esos otros lienzos en los que se aborda la marina al modo de los impresionistas. Lo mismo que ocurre con los paisajes, aquí los matices son tan inaprensibles que se impone un lenguaje ágil y suelto que pueda retener los infinitos brillos de una luz ingobernable y huidiza por naturaleza.

Nuevamente resulta difícil la visión de conjunto de estos cuadros por la consiguiente dispersión de los mismos que han ido a parar a distintos coleccionistas particulares. Recuerdo algunos lienzos que guardan cierto parentesco con aquel “Impresión. Sol naciente” que dio nombre a todo un movimiento. Pero me da la sensación de que las marinas de Portillo son más crepusculares; en sus aguas y bajo unos cielos siempre expresivos se encuentran los navíos en ese momento del día –acaso el más sagrado de todos– que es la hora de la puesta de sol. La sinfonía de luces vuelve a tener aquí su correlato en una paleta lírica y muchas de sus marinas son auténticos poemas visuales, que permanecen en la memoria del contemplador con su hechizo vigoroso y sus variantes de cielos, aguas y barcos. También aprecio en este género de los “paisajes de mar”, como quería Courbet, un punto de romanticismo en la búsqueda de emociones y estados anímicos que van desde la serenidad a la tristeza o desde la añoranza a la melancolía.

 

Final

Ramón Portillo es –ya lo hemos visto– un pintor riguroso y versátil que ha tratado con sinceridad de dejarnos un legado que, como defendían los novecentistas, sabe a obra bien hecha. Esa dignidad y ese buen hacer son evidencias que se imponen por sí mismas cuando se tiene la fortuna de contemplar sus cuadros. Desde la intimidad, desde su retiro, ha sabido transmitirnos con cordialidad su universo propio. Él ha elegido el lenguaje del color y de las formas para hacernos llegar en sucesivas entregas sus ficciones y sus realidades preferidas que son, al cabo, las que nos inquietan también a nosotros. Quienes hemos tenido el privilegio de contar con su amistad hemos comprobado en todo momento que es un verdadero creador, un artista de ley, que siempre nos convenció no sólo por su arte, sino por su hombría de bien y por su manera de ser y de estar en el mundo.
 
 


CRONOLOGÍA

1929. Nace en Sevilla y se desplaza a Motril donde ejerce como Profesor de Dibujo desde 1964 en el I.E.S. “Julio Rodríguez” y I.E.S. “Fco. Javier de Burgos”.

1947. Ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de dicha ciudad.

1953. Galería Velázquez. Salones de Primavera y Otoño (Sevilla).

1954. Salones de Primavera y Otoño (Sevilla).

1962. Primer Premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Carmona.

1964. Primer Premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Carmona.

1968. Primer Congreso Nacional de Pediatría, Hotel Costa Nevada (Motril).

1970. Caja de Ahorros de Almuñécar.

1974. Colectiva “Pequeño Formato” en Sala de Arte “Del Castillo” (Jaén).

1975. Individual en Sala de Arte “Del Castillo”.

1976. Sala de la Asociación para el Fomento de la Cultura (Motril).Galería “Melchor” (Sevilla).

1977. Galería “Horizonte” (Jerez de la Frontera). Mención de Honor en el Primer Concurso de Pintura de la “Unión Médica Regional” (Granada).

1978. Colegio Mayor Universitario “San Jerónimo” (Granada). Primer Premio en el concurso convocado por el Colegio Oficial de Profesores de Dibujos de Andalucía (Sevilla).

Sala de Arte “Hangel” (Motril).

Sala Municipal de Exposiciones (Marbella)

Caja Provincial de Ahorros (Valladolid).

IV Premio Nacional de Pintura “Francisco Gil” (Salamanca).

Mención de Honor en el II Premio “Rioja” de Pintura (Logroño).

I Edición Premio de Pintura “Vicente Ros” (Cartagena).

1979. V Bienal Internacional de Pintura (Marbella).

1980. I Semana para el Fomento de las Artes Plásticas y Urbanismo (Motril).

I Concurso Nacional de Pintura “Ciudad de Burgos” (Burgos).

III Concurso Nacional de Pintura (Ciudad Real).

1981. Colectiva de Pintores Andaluces en Galería “Alvaro” (Sevilla).

Galería de Arte “Al-Andalus” (Granada).

1984. Primer Premio en el IV Certamen de Pintura “Centro Cultural” (Motril).

1986. Finalista y Medalla en el I Certamen Nacional “Villa de Nerja” (Málaga).

1987. Galería de Arte “Motril”.

Galería “Acar” (Motril).

Colectiva en Galería de Arte “Motril”.

1988. Sala de Exposiciones de la Caja de Ahorros de Almuñecar (Granada).

1989. Colectiva “Una mirada al sur” en la Casa de la Palma (Motril).

1994. Casa de la Palma (Motril).

1997. Galería de la Caja Rural de Granada.

2003. Puerto de Motril (Motril).

 
 
 

Existen obras suyas en colecciones particulares de Bélgica, México, Arabia Saudí, en la Masters Gallery de California y en Holanda.